Si alguien está buscando emociones fuertes sin salir del municipio, no hace falta irse a un parque de aventuras. Basta con intentar caminar por la Avenida de la Industria, a la altura del número 11.
Aquí la experiencia es sencilla: la acera desaparece. Así, sin más. Como por arte de magia. Eso sí, en su lugar encontramos un poste y una valla estratégicamente colocados para garantizar que el peatón no pase… por donde se supone que debe pasar.

En un tramo directamente no hay acera. Cero. Nada. La alternativa es bajar a la calzada y confiar en que los coches respeten tu vida. Caminar por aquí es una mezcla entre deporte de riesgo y acto de fe.

Por si fuera poco, donde sí hay acera, está rota. Y cuando no está rota, está ocupada por coches aparcados como si el espacio peatonal fuera una sugerencia decorativa. Resultado: vuelta a la calzada. Otra vez.
Las vallas municipales para “proteger” de la acequia son un detalle entrañable. Protegen tanto que, de paso, bloquean el paso. Eso sí, alternativa peatonal segura: ninguna. Pero oye, la intención es lo que cuenta.
La maleza completa el paisaje, aportando ese aire selvático que tanto se echa de menos en zonas urbanas. Naturaleza, abandono y obstáculos urbanos, todo en uno.

Y por si el recorrido necesitaba un extra de diseño creativo, llegamos a la rotonda. Allí la acera no rodea completamente el perímetro, como cabría esperar en algo pensado para peatones. No. Solo existe en un semicirculo. La otra mitad, sencillamente, no está. Si quieres rodearla andando, tienes dos opciones: improvisar o invadir la calzada. Urbanismo interactivo.
Desde que el supermercado Mercadona se trasladó a la Avenida de los Estudiantes, ir andando a hacer la compra se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Comprar pan no debería requerir reflejos de piloto de rally ni cálculo de trayectorias de tráfico.
Quizá la idea es fomentar el uso del coche. O el teletransporte. Porque caminar, desde luego, no parece estar contemplado.

Eso sí, uno no puede evitar preguntarse: si esto ocurriera en otros barrios más recientes o más “vistosos”, como Parque Venecia, probablemente otro gallo cantaría. Allí las aceras suelen ser completas, continuas y pensadas para personas. Debe de ser casualidad.
Mientras tanto, seguimos esperando que alguien recuerde que las aceras no son un elemento ornamental, sino una infraestructura básica para que las personas puedan desplazarse sin jugarse la vida.
Pero nada, todo bien.





Sé el primero en comentar